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martes, 17 de agosto de 2010

Taller Literario

Dulce recuerdo

Joven era yo cuando escuché mi primer tango, mi papá me contaba sobre Gardel, Goyeneche, Marino, Reyes, Córdoba, Sosa y demás zorzales que no se me viene a la mente en este momento, pero sí recuerdo ese primer tanguito que escuché en ese cafetín situado en la esquina de mi casa, tenía un aire melancólico pero sin olvidar el paso malevo o compadrón que lo caracterizaba, hablaba acerca de viejas pasiones o amores traicioneros.

En esos tiempos terminábamos de comer con mi papá en aquel cafetín para luego volver a la fábrica de Don Abstemio donde se agachaba el lomo y nunca pero nunca se hablaba de otra cosa que no fuera trabajo.

Papá me había recomendado y estaba a prueba con el sueldo mínimo, igual me conformaba porque me alcanzaba para darme algunos gustos y para poder ayudar a mamá con los gastos de la casa.

Recuerdo que pasaban los señoritos bien por adelante mío con sus zapatos lustrados, sus trajes nuevos, sus pañuelos de seda y sus sombreros negros… y eso a mí me daba una envidia…

Pero después de un tiempo y luego de romperme el alma juntando peso sobre peso pude comprarme esos zapatos y ese traje que tanto quería tener y que antes no podía comprar.
Aunque debo decir que siempre era lo mismo, me levantaba, desayunaba, iba a la fábrica, salíamos a comer, de vuelta a la fábrica, salíamos a la nochecita, íbamos a casa, comíamos y a dormir, para de vuelta mañana hacer la misma rutina, esa vida monótona amenazaba con quitarme mi fresca sonrisa juvenil, pero el tango siempre fue mi as bajo la manga y en el explotaban todas mi emociones tanto buenas como malas.

Un día entré a la fábrica más cansado que nunca y estaba trabajando justamente en una de las máquinas que daban a la única ventana de mi sector cuando a pesar del ruido pude escuchar un “Mi Buenos Aires querido”, su voz era inconfundible se trataba del zorzal criollo “Carlos, Carlos Gardel” me dije a mí mismo con gran emoción.

Y se imaginarán que no me pude contener ni un segundo, así que al ver al capataz le pedí permiso para ir al baño del fondo, ahí nomás me escapé por la ventana.
Llegué hasta donde estaba Carlos corriendo a lo conejo y con la lengua para afuera, ahí se encontraba, en el cafetín, cuando terminó la canción salgo a su encuentro.

-Grande Carlos- le dije al zorzal criollo.

-¿Qué hacés pibe por acá, no tendrías que estar laburando vos che?- me dijo Carlos con una sonrisa de oreja a oreja
.
Estuvimos hablando un buen rato y…
-¡Abuelo, abuelo, despertate que ya es tarde!

-¿Carlos?

- No abuelo, soy Matías ¿de vuelta soñabas con Gardel?

-Sí, sí, siempre sueño con él.

-Pero ¿alguna vez lo llegaste a conocer abuelo?

-No, pero que lindo hubiese sido.

Esquina desierta y el eco de tu voz ahora solo suena en los tocadiscos, máximo exponente del tango, no cabe la menor duda que aunque te fuiste a una edad temprana siempre estarás entre nosotros, los argentinos.

Rodrigo Martínez

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